Es bueno ser malo

Me desperté en una celda oscura y húmeda. Sólo me acompañaba la grabación de la voz de una mujer que, según todos los indicios, bien podría ser mi carcelera. Tras abandonar mi celda y atravesar algunos corredores medio derruidos, llegué a una sala rodeada de más celdas. Una de ellas estaba ocupada por un pobre diablo con la cabeza cubierta con un saco, otra víctima compartiendo mi triste destino. Junto a la puerta, una palanca resultaba tentadora a la vez que sospechosa. En efecto, un leve tirón bastó para desplegar una lanza que se detuvo a apenas un palmo del pecho del preso.

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