Rey de las Tormentas, Devorador de Hombres

Mientras me libro de mi último ataque de “fiebre demoníaca” (y, de paso, también de la fiebre normal, que me ha atacado estos días), aprovecho para poner unos vídeos de mi última partida a Demon’s Souls. El primero es del Rey de la Tormenta, posiblemente un nombre demasiado bonito y altisonante para lo que resulta ser una especie de polilla gigantesca y asquerosa. Jugar a este nivel en el modo Nuevo Juego+ resulta bastante satisfactorio, no por poder matar al “Rey” en sí, que, empleando la espada “Soberano de las Tormentas” que el juego amablemente nos regala en este nivel, tampoco es muy difícil en la primera pasada, sino para darse el gustazo de acabar con toda su prole. En una primera partida, y con un equipo poco adecuado, esos bichos voladores que te acribillan a aguijonazos mientras te arrastras por unos acantilados estrechísimos, volando siempre un poco más allá de tu alcance, son un auténtico martirio. Pero con un poquito de espacio y un buen arco la cosa cambia.

El segundo vídeo es del Viejo Rey Allant, que actúa como enemigo final oficioso del juego. Si uno se mete en su juego de combate cuerpo a cuerpo, puede ser un enemigo difícil, porque tiene una buena variedad de ataques muy rápidos y fuertes. Pero con un arco y un poco de distancia de por medio la cosa cambia. Me diréis que es una forma un poco ruin de derrotarlo, pero yo creo que se lo merece por ir por ahí sin escudo y caminando despacito con esa pose de chulo. Y es que con esa actitud se ve que es un enemigo que despierta bastante animadversión, porque uno puede encontrar por ahí bastantes vídeos en el que lo machacan de formas de lo más variadas y dolorosas (la magia “Tormenta de Fuego” parece ser muy efectiva).

Pero como no todo pueden ser paseos militares zurrando a los enemigos, el último vídeo es del enemigo final que me resulta más difícil de todo el juego: el Devorador de Hombres. Por sí solo, no es que sea tan duro de pelar. Lo malo es que hay dos a la vez, y, sobre todo, el escenario en el que hay que pelear: un puente estrechísimo sin barandilla. Cuando uno está acostumbrado a jugar moviéndose mucho es un tormento, y lo único que se puede hacer es irse al brasero que hay en el centro del puente y ponerse a dar vueltas alrededor esquivando a las gárgolas en una especie de juego de las sillas. De verdad, ¿qué les habría costado poner una pequeña barandilla al construir el puente? Además de juguetear con fuerzas demoníacas que mejor sería dejar tranquilas, parece que el Viejo Rey Allant era un tacaño a la hora de invertir en elementos de salud y seguridad para sus pobres súbditos (una razón más para acabar con él flechita a flechita, de la forma más dolorosa posible). Además, aunque la magia de fuego puede facilitar bastante la pelea, como podéis ver en el vídeo mi personaje es bastante inútil con la magia. En fin, espero que el recuerdo de lo que se tarda en acabar con las dichosas gárgolas me ayude a prevenir otros ataques futuros de “fiebre demoníaca”.

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